Un taxi a la soltería

Mario tiene 28 años. Lo conocí en Tinder hace un par de semanas y el viernes tuvimos nuestra tercera cita. Fuimos a bailar a un pequeño antro escondido en la Roma. La química entre los dos era evidente. Pasé toda la noche abrazándolo, bailando y coqueteándole con unos cuantos tragos. Mientras nos besábamos, sentía su mano resbalándose lentamente “sin querer” por debajo de mi cintura, mientras que con la otra sujetaba mi pelo de esa manera tierna y apasionada que a algunas mujeres nos gusta.

La noche parecía terminar con éxito, hasta el regreso a mi casa en taxi:

—¿A dónde vamos, señorita? —me preguntó amablemente el taxista, sin idea alguna de la catástrofe que iba a presenciar.

—Vamos a la Del Valle por favor. En Avenida Coyoacán. ¿Tú, Mario, a dónde vas?

—Guapa, estaba pensando… ¿Qué tal si me quedo esta noche en tu casa? No va a pasar nada que tú no quieras. Lo único que quiero es dormir y despertar abrazado junto a ti.

Tuve un flash back a hace un par de meses. Me vi con el chico regio alto de ojos miel y tez blanca con el que salí durante unas semanas, que, justo al tomar el taxi saliendo de un concierto de los Stones Roses, me hizo la misma pregunta que Mario.

¿Dormir? ¿En serio los hombres creen que con ese verbo nosotras dejaremos de pensar en sus intenciones meramente sexuales e, ilusamente, tendremos la idea de una inocente pijamada con chocolates, pizza y chick-flicks?

Ofendida e indignada por la propuesta, me quité el disfraz de femme fatale con el que había estado toda la noche, para convertirme en la peor pesadilla de Mario. Una cosa era una probadita ¡y otra que quisiera comerse todo el pastel!

—¿Es en serio? Vaya, parece que ustedes los hombres tienen todo ensayado.

—Perdón, pero ¿qué tiene de malo? Solo quiero pasar más tiempo contigo.

—Mario, no nací ayer. Sé perfectamente las intenciones que tienes. Ya te había dicho que prefiero que un hombre sea honesto y me diga que quiere puro sexo, a que me adorne las palabras para acostarse conmigo.

El pobre hombre no sabía si llorar.

—Siempre te he sido sincero. Yo no busco eso. Perdóname si te ofendí. Sólo quiero amanecer a tu lado.

—Bueno, entonces si tan temprano quieres verme, ¿qué te parece si pasas por mí en la mañana y nos vemos para desayunar?

Antes de escuchar su respuesta paré al taxista:

–Aquí me bajo.

Mario se apanicó:

—Espera. Te propongo algo: me quedo a dormir. Si no intento nada, entonces verás que tengo buenas intenciones contigo. Si quiero pasarme de listo, nunca más me vuelves a hablar.

¡El colmo! Perdonen la expresión pero, ¡¿acaso este güey no había escuchado mi respuesta?! Me dieron ganas de decirle al taxista que bajara a Mario, lo pusiera en medio de la calle, y con el coche pasáramos encima de él.

Sin pensarlo dos veces respondí:

–No… ¡pero gracias! Buenas noches.

Me bajé del coche y corrí para entrar a casa. Al llegar a la entrada, me hice tonta con las llaves para ver si Mario se bajaba del taxi para pedirme perdón. (Sí, así somos las mujeres).

Como lo esperaba, mi tinder date se acercó a mí:

—¡Espera! Lo siento. Iremos al paso que tú quieras.

Me dio un beso y se subió al taxi. Es probable que en el camino a su departamento el taxista le haya dicho: joven, esa muchacha no le conviene, está verdaderamente loca.

Sin importarme las altas horas de la madrugada, le hablé a mi mejor amiga para contarle lo sucedido.

¡Estás demente! –me dijo– En el antro eres la mujer más sexi del mundo, luego en el taxi eres el ejemplo de la mujer neurótica del siglo XXI, y finalmente, terminas la noche siendo la víctima del cuento en busca de un abrazo. Yo, sinceramente, me hubiera ofendido si hubiera pedido quedarse conmigo.

Tenía razón. En un rango de cinco horas había tenido tres personalidades diferentes. Mandé señales mixtas toda la noche y terminé exagerando todo; y es que lo que más me aterra en este momento de mi vida es enamorarme.

Me pregunto si la soltería es sólo el reflejo del pavor que tenemos de ser vulnerables ante el otro, y ser parte de su vida, y sobre todo, incluirlo en la nuestra. ¿Acaso no muchos de nosotros seguimos solteros porque así nos sentimos más seguros?

Mario me llamó al día siguiente, y nos vimos un par de veces más. (Ya sé… qué valiente). Desafortunadamente las cosas no funcionaron. ¿Quién lo hubiera pensado?

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

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