Un amor loco y cibernético

Esta historia no empezó en esta gran ciudad, pero si terminó en ella.

Desde que tengo uso de razón, he sido curiosa, un poco precoz, pero también reprimida. Cuando tenía 9 años, justo cuando empezó el auge del Internet, descubrí los famosos chats de Starmedia,  En él, hasta cierto punto podría ser “yo misma”; desatarme del deber ser social para una niña de esa edad y desinhibirme de todas las exigencias de mis padres. Conocí innumerables personas. Obviamente nunca dije mi nombre, ni mucho menos mi edad. Ninguna plática duró más que unas cuantas horas, y ninguna de esas personas trascendió en mi vida,  hasta que, a mis 12 años, conocí a Miguel.

“Locamente_enamorado” era su nickname y el mail con el que me agregó al viejo MSN Messenger. Su perfil decía algo así como: “Italiano-peruano de 17 años, me encanta la salsa y por supuesto, ¡las mujeres! XD”. ¿El mío? Simple y desinteresado: “Chava delgada, de cabello oscuro y ojos cafés. Amo la música y leer”.  Eso bastó para que ambos empezáramos a platicar en Messenger,  sin idea alguna de lo que íbamos a vivir.

  • ¡Hola! ¡Soy Miguel! Cómo te llamas “missapple”? XD
  • ¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Me llamo Emma!
  • Si eres tú la de la foto de Messenger, debo decirte que eres hermosa
  • Claro que soy yo. ¿Te puedo pedir un favor? Evita coquetearme. No busco nada sexual,  solamente quiero alguien con quien platicar. Algo así como una amistad cibernética.
  • ¿?¿!? Eres la primera mujer que me pide eso en Internet.
  • No lo dudo. Pero de una vez dime si aceptas, porque si no que flojera que seas uno más.
  • Mujer tenías que ser. Ya estas poniendo condiciones a esto. Pero muy bien Emma, seremos amigos.

Y así fue. Miguel fue mi amigo y confidente por Internet durante 6  largos años. Probablemente se preguntarán que cosas tan importantes tenía yo que decir en plena adolescencia y rebeldía, pero aunque no lo crean, cuando creamos nuestra identidad, necesitamos alguien que nos escuche (o en mi caso, lea) y no nos juzgue.

El único medio por el que platicábamos era por el que nos habíamos conocido (ni remotamente nos pasaba la idea del Facebook. A lo mucho, en ese entonces, lo más cercano era Hi5). Sabía cómo era físicamente por las fotos que ponía en su avatar, y por la única vez que lo vi por la webcam. Era delgado, moreno claro, de pelo negro, y ojos color almendra.

Había nacido en Italia, pero desde chico se había mudado a Perú. Le gustaba la música, pero tal y como lo decía su perfil, lo que más le apasionaba era la salsa. Era platicador, chistoso, pero sobre todo coqueto, y aunque sabía que me molestaba, no dejaba pasar la oportunidad para decirme algún piropo.

  • Vuoi fare qualcosa stasera? Sono pazzo di te XD – me escribía en italiano.
  • Miguel, ¡sabes que no te entiendo! Seguramente es un coqueteo como los de siempre. Ya deja de bromear.
  • Jaja… ay Emma. Por eso me gustas, porque eres diferente.

Aunque yo trataba de darle poca importancia a esas seductoras y románticas frases, no podía negar Miguel también me gustaba. Pero más que nada, lo quería. Siempre que regresaba de la escuela, corría para prender la computadora y encontrarlo online. Y ahí estaba, sin falta, dispuesto a leerme, y viceversa. Durante los 6 años que nos conocimos, nos contamos lo que más nos aterraba, lo que más nos ilusionaba pero también lo que nos llenaba de tristeza como lo fue en su momento la muerte de su madre, o la separación de mis padres. El me tranquilizaba en mis momentos de ansiedad, y yo lo aconsejaba.  Pero un día, todo se salió de las manos.

  • Emma, estoy enamorado de ti.
  • Ay, Miguel, ya empezaste con tus bromas.
  • No es ninguna broma. Es en serio.
  • No nos conocemos en persona.
  • ¿De qué hablas? Llevamos 6 años hablando diario. No necesito conocerte físicamente para saber cómo eres. Pero en parte tienes razón, así que por eso iré a México. Llego en 15 días, acabo de comprar mi boleto.

Sentí emoción y miedo al mismo tiempo. Empecé a temblar.  Racionalmente pensaba que estaba mal. ¿Cómo iba a tener un encuentro en persona con quien había hablado solamente por Internet? (¿Ahora con Tinder eso ya no suena tan descabellado no?)

En mi mente  solo me preguntaba: ¿Pero y si es un violador? ¿Si no es quien era en la  webcam, fotos? ¿Y si me quiere secuestrar?

Inmediatamente le respondí que no viniera y le pedí que nunca más me volviera a buscar. Durante días, no entré al chat. Lo extrañaba, pero sabía que era lo correcto. Como en ese entonces no existía ninguna red donde stalkear como lo hacemos ahora, y yo no podía controlar mi maniática curiosidad por saber de su vida,  escribí su mail en el buscador de Google. Primer link: Perfil de Miguel R. CiberseXXXO. Segundo link:” Locamente_enamorado busca sexo en línea.” Clic. Su cara con gestos de orgasmo. Su miembro desnudo. Su perfil invitando al cibersexo.

En ese momento, le envíe un mail diciéndole que sabía sobre su doble vida en Internet. “Se todo lo de las páginas de sexo. No tienes pudor. ¿Quién eres? No te conozco. No quiero que me vuelvas a hablar”.  Me había dejado en el teléfono 34 llamadas perdidas (en algún momento le había dado mi número), 8 mails diarios, mil mensajes de amor y desesperación.

Un día, me llegó un correo de una tal Laura M. En él,  me decía que había un blog de amor para mí llamado “Amándote siempre en silencio”. Efectivamente, existía (y creo que sigue existiendo) y  era de Miguel. Mi “loco enamrado” había escrito alrededor de 8 o 10 posts en un lapso de 15 días, sobre nosotros,  nuestro “amor reprimido”, y unas cuantas canciones de salsa dedicadas para mí.

Esto se había convertido en una película de miedo. Lo peor es que ya no faltaban 15 días para su venida a México, sino 5. Bloqueé su cuenta del Messenger, de mi cuenta de mail, de la página donde lo había conocido. Cambié mi número. Borre cualquier huella. No volví a saber de él hasta hace poco. Me pareció verlo en una sala de vuelos internacionales en el aeropuerto del DF. Nos vimos fijamente, como de esas miradas en donde no quieres reconocer a la otra cara, por miedo o por lo que sea. No quería creerlo, así que ignoré el hecho. Días después recibí un inbox de él, con el nombre de El Diferente.

“Te vi en el aeropuerto de México. Ahora sí eres una mujer, claro que más bella. Nunca te guardé rencor, y entiendo porque te alejaste. Pero si te quise, y te amé, y nunca te olvidé. Arrivederci, Fran.”

No respondí. Una vez más, esta hermosa ciudad me sorprendió; con sus infinitas posibilidades, pero con destinos y vidas que eventualmente convergen, que se  bifurcan, sin la necesidad de un futuro. Que están para recordar que algunos amores, solamente son una muleta para sostenernos durante malos momentos, para que podamos ser nosotros sin miedos, pero que nos alejan de la realidad. Si no funciona, con un clic se termina. Si funciona, en el peor de los casos, estás a un boleto de distancia. ¿Será que al estar detrás una pantalla, encontrar el amor es más fácil?

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

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