Sobreviviendo al (imposible) Amor Godinez

Cuando eres recién egresada de la carrera y buscas trabajo, tus maestros, padres y personas con experiencia laboral, te dan mil y un consejos para empezar con el pie derecho tu vida de asalariada.

“Vístete apropiadamente, recuerda que no vas al antro” o “Llega puntual e incluso si puedes, un poco más temprano.”, y claro, no falta el típico que te dice “Trata de ganarte a tu jefe (a) y  así, seguro subirás más rápido de puesto”. Pero el más repetido de todos, y el que una de mis mejores amigas profesoras me dijo prácticamente con un cartel en rojo y gritándomelo al oído fue: “Nunca Emma, escúchame bien, nunca tengas una relación amorosa en el trabajo”.

Y bueno, ya saben como somos los  seres humanos; el “no lo hagas”, siempre es un “sí, ve por él”,  así que cuando llegué a mi  primer trabajo después de la carrera, caí rendida  a uno de los subdirectores más guapos de la empresa.

Hasta este momento, probablemente piensen que me caracterizo por ser una mujer lanzada y coqueta (nunca lo primero, siempre lo segundo), pero cuando tengo que hacer un primer acercamiento a un chico que realmente me gusta, sigo los consejos de revistas para chavetas de 15 años que son algo asó como: “Pídele un lápiz y con así podrás iniciar una plática”” o “Pídele consejos sobre alguna tarea, y dile que te ayude después de clase”.

Aunque parezca patético, ese tipo de acciones se tradujeron en mi tiempo de godinez. Mi crush era el tipo más cotizado de todo el edificio. Cualquier mujer que se le acercaba, le sonreía, lo saludaba de beso, le coqueteaba mientras se acomodaba el pelo, e incluso se atrevían a invitarlo a comer.

Yo, al contrario, tartamudeaba cada vez que al llegar el me decía los buenos días, hasta que un día sucedió aquel momento mágico pero también incomodo de estar solos en el elevador:

– Hola – me dijo con una sonrisa despreocupada.

– Hoo…oola.

– ¿Eres nueva?

– Si eh.. acabo de entrar hace un par de días. – respondí como niña adolescente bajando la mirada.

– ¡Con razón no te había visto! A ver que día vamos a comer, creo que conozco a tu jefa.

– ¿En serio? Pues si es así, ¡claro!

De repente, habíamos llegado a su piso y la plática terminó con un:

– Bueno, qué estés bien. Comemos el jueves a las 3 p.m. ¿va?

– ¡Si, bye!

Al cerrar la puerta, como pubertad emocionada, empecé a bailar en el elevador, y a deslizarme sobre la pared con cara de enamorada. “Voy a comer con el chavo más guapo de la empresa, y el me invitó.”, y por supuesto la pregunta siguiente fue: ¿qué me voy a poner?

Ante la eterna espera, por fin llegó el jueves. Mi outfit del día era adecuado para la situación; una falda gris un poco más arriba de las rodillas pero sin exagerar, tacones color nude de punta y por su puesto, blusa de seda negra con el tercer botón abierto. ¿El pelo? Por supuesto, largo y de lado.

– Emma, ¿estás lista para ir a comer?- me preguntó mi jefa minutos antes de la hora acordada

– Claro, solamente…” – respondí cuando de repente fui interrumpida por una llamada.

“¿Bueno? ¿Fernanda?”

“Emma, güey no mames, te necesito. ¿Dónde estás?” – me preguntó entre el llanto y los gritos de desesperación.

“En mi trabajo, ¿estás bien?” – respondí preocupada.

“Acabo de cortar con Alex, por favor vamos a vernos. Estoy cerca de tu trabajo”.

Fue ese momento donde entendí que la amistad entre mujeres era mucho más fuerte que un hombre guapo, alto, de ojos verdes y pelo negro esperandote en uno de los restaurantes más caros de la zona. Así que, con ese criterio, acepté ver a Fernanda.

Después de ese día, recibí llamadas sorpresas a mi extensión por parte de mi crush godinez:

– ¿Ahora si me vas a pelar y vamos a ir a comer? – me preguntaba con voz coqueta.

– Tuve una emergencia pero, ¿qué tai si vamos hoy?

– Ya estás Nos vemos abajo en el lobby.

Y así sucedió durante los próximos tres meses. Diario íbamos a comer solos. Y aunque la gente de nuestra empresa, nos veía con cara de “seguro  andan”, a ninguno de los dos nos importaba y platicábamos como si fuéramos amigos, e incluso me atrevería a decir, como si estuviéramos en una cita.

Cada vez que lo veía, me derretía. Su sonrisa, la forma en la que me agarraba de la cintura para darme mi lugar en la calle, todo era un sueño, hasta que de repente, como buen hombre ojo alegre, me daba cuenta que hacía lo mismo hasta con la señora de intendencia. Ni que decir, el tipo era un coqueto por naturaleza.

De repente, lo lindo y el crush en sueño, se convirtió en una pesadilla. Los chismes empezaron a surgir en casi todas las áreas: “¿es cierto que andas con el subdirector del piso 6?”, “Ya te vimos bien risueña comiendo con tu galán”. Incluso, como parte de los celos entre las otras chavas de la empresa, me llegaban mensajes anónimos que decían: “Ya te vimos que estás con él. No te hagas, bien que estás enamorada”. Solamente que aguas, es un patán”.

Lo malo es que tenían razón: mi amor platónico tenía novia. Por eso nuestras tipo “citas” eran a la hora de comida en las típicas fondas cerca del trabajo, o las reuniones de chelas eran por cumpleaños de otros compañeros. Realmente nunca tuvimos un momento solos fuera del horario del trabajo; yo sabía que no estaba bien, y el tipo era un perfecto mandilón.

A pesar de todo, como toda mujer, siempre hay una velita prendida con una esperanza que dice: “seguro se dará cuenta que no quiere a su novia, y querrá andar conmigo”. Para mi desgracia, como cachetada con guante blanco, llego la fiesta de fin de año de la empresa y un par de besos, unos abrazos y un “te amo” gritado a los cuatro vientos entre mi galán y su novia, me bastó para romper mi corazón en mi pedazos y apagar la vela de la esperanza.

Eventualmente, y por otras circunstancias, renuncié a ese trabajo. Y tal y como lo esperaba, nunca lo volví a ver. Y entonces, cual Moisés con los mandamientos en lajas de piedra, me puse a escribir el primero para sobrevivir al mundo godinez: Primer mandamiento: “Nunca enamorarse o darse a un compañero de trabajo”.

Pero como buena pecadora, A la semana, Fernanda me habló recuperada de su truene para decirme que ya andaba con su jefe. ¿Y yo? Sin trabajo y sin galán.

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

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