¿Miedo a la felicidad?

Se dice que a lo largo de la vida se tienen muchos tipos de amor. El primer amor, el platónico, tu “crush”, el no correspondido, el imposible… Pero de todos estos, el que más me ha marcado es el amor frustrado. Aquel que por causa del destino, la vida, o simplemente nuestros miedos, no se concluyó. Es decir, lo que pudo ser y no fue.

En mi caso, desde que llegué a la ciudad a los 18 años, he vivido “frustrada” y “enamorada” de Alberto, el único summer love que he tenido. Esto no quiere decir que no haya querido a los chavos con los que he mantenido una relación. Pero el amor frustrado es el único que te roba el suspiro antes de dormir, el que te permite fantasear, idealizar y, para ser sincera, escapar por unos segundos de la realidad cuando las cosas no van muy bien.

 ¿Qué es lo que me ha mantenido enganchada tanto tiempo? Un beso una noche antes de venirme al D.F.:

–“Emma, dime que no me vas a besar porque es tu última noche aquí”.

–“Te voy a besar porque sé que lo haré de nuevo”.

–“Te prometo que cuando salgamos de la carrera, te voy a buscar y nos vamos a casar”.

Sí, ese momento era como para morir de un coma diabético, pero ¿acaso no es eso lo que caracteriza a los amores de verano? Aparte, sin una promesa de amor eterno, nada de esto tiene sentido.

Y es que, después de ese día, no lo volví a ver. Él se fue a estudiar la carrera al otro lado del charco, en Madrid, y pocas veces visitaba México. Pero, a pesar de la distancia, nos escribíamos mails o mensajes por Whatsapp de amor: “Eres la mujer de mi vida.”, “Algún día iré a verte y tocaré tu puerta”.

Al principio, yo fantaseaba con el momento en el cual Alberto llegaría románticamente a mi casa, me besaría, y me daría mi anillo de compromiso guardado en una cajita azul que develaría que había sido comprado en la joyería Tiffany. No soy superficial, pero si se había ido al extranjero a trabajar arduamente por nuestro futuro, sin verlo durante años, es lo mínimo que podía esperar, ¿no?

Pero hace un par de meses deseché ese sueño. Caí en la realidad de que anhelaba un amor que no era real, que no existía y que por vivir en el pasado, estaba ignorando mi presente.

O al menos eso pensaba, hasta que, al llegar a mi casa después del terrible encuentro con mi ex novio Roberto en el Pata Negra, recibí un Whatsapp de Alberto:

–“¿Dónde estás Emma?”.

–“En mi casa. ¿Por?”.

–“Estoy afuera”.

–“¡Ay claro!”.

–“Es en serio. Abre la puerta”.

Me paralicé. “No puede ser. Claro que no. Obviamente no está”, me decía a mí misma mientras caminaba hacia la entrada de mi departamento, tratando de convencerme de que nada de eso estaba sucediendo.

Pero cuando abrí la puerta, ahí estaba. Mi gran amor estaba frente a mí y seguía igual que hace cinco años, con sus ojos color miel claro, su pelo negro, su tez blanca, su nariz un tanto aguileña, su lunar cerca de la boca.

Empecé a temblar y a llorar. No podía creerlo. Ese sueño que tanto había deseado se había cumplido (bueno, sin el anillo de Tiffany). Todo parecía irreal. En ese momento me di cuenta de que el poder de nuestros pensamientos es más grande de lo que imaginamos.

Pero ante el mar de emociones que era, esa reflexión duró unos segundos, de la nada, como mujer neurótica, le empecé a pegar. ¿Con qué derecho llegaba a irrumpir en mi vida después de que me había costado tanto superarlo?

 –“¡¿Por qué ahorita?!”, le gritaba mientras le daba manotazos en el hombro.

–“¡¿Emma que te pasa?!”, me decía confundido y tratando de calmarme.

–“¡Te estuve esperando cinco años!”.

–“Yo sé, ¡pero ya estoy aquí!”.

No necesité otra frase para abrazarlo mientras lloraba desconsoladamente.

–“Acabo de pedir mi cambio aquí al D.F. Por fin vamos a vivir en el mismo lugar”.

–“¿Y ahora qué va a pasar?”.

–“Quiero que seas mi novia, quiero amarte, conocerte, estar en tu presente, para que en un futuro, seas mi esposa”.

Y la palabra sonó como un tambor en mi oído: ES-PO-SA. De repente, esta burbuja color rosa se rompió. Alberto era exitoso profesionalmente. Había pedido su cambio para estar conmigo. Estábamos por fin juntos. Y entonces, me paralicé y sentí aterrada.

Teóricamente, y hasta ese instante, todo lo que había querido  y soñado, se había cumplido. El hombre que siempre había amado, estaba, literalmente, en mi puerta pidiéndome una vida juntos.

¿Por qué tenía miedo? Nunca había sentido aquella ansiedad que te da cuando por fin tienes lo que tanto deseaste. Tantas relaciones fracasadas en estos cincos años, tantos corazones rotos, tantas lágrimas, para que al final, ¿fuera el summer love el hombre de mi vida?

Entonces recordé la famosa frase que dice: “Lo que no es para ti, ni aunque te pongas, y lo que sí es, ni aunque te quites.”, y entonces me pregunté: ¿habré encontrado a la persona con la que pasaré el resto de mi vida?

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

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