Los contras de un galán guapo

Hace unos días, Alberto y yo salimos a celebrar uno de los ascensos más importantes que he recibido en toda mi carrera profesional. ¿El lugar elegido? El Downtown en el Centro Histórico de la ciudad.

  • Hoy quiero ir a festejar a un lugar fresa, lleno de gente bonita y donde cenemos super rico y tomemos un rico cocktail.
  • ¿Qué tal si cenamos en el Azul Histórico y luego subimos a la terraza del Downtown?

Derretida por su propuesta, recordé porque estaba con él; mi príncipe azul sabía lo que necesitaba en el momento adecuado.

Así fue que con un vestido negro de temporada, entaconada con zapatos de Steve Madden, y pelo suelto con labios rojos, me encontré con mi dandy en la puerta de mi casa.

Su vestimenta, impecable. Me declaro culpable de ser adicta a los narcisistas, pero ¿a qué mujer no le gusta presumir a su hombre vestido de saco negro, camisa desabotonada (sin rosario por favor) y perfectamente peinado?

Al llegar al Azul Histórico, me sentía como pavorreal caminando a lado de Alberto.

La noche pintaba como una de las mejores de mi vida: estaba con uno de los novios más guapos que he tenido, era exitosa profesionalmente e iba a cenar, para mi gusto, en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Pero esta vez, mi lógica me falló y lo que nunca tomé en cuenta es que no sería la única víctima del encanto de mi galán:

  • Buenos noches joven, ¿mesa para dos? –le dijo la recepcionista a Alberto con ojos pispiretos
  • Buenas noches señorita. Si por favor. – le respondió con una sonrisa de lado mientras ponía su mano en la libreta de reservaciones.

En general, no me considero una novia celosa, y sabía perfectamente el “juego” que Alberto había tenido con la recepcionista del restaurante. El lugar estaba atiborrado, y parecía misión imposible conseguir una mesa.

“¿Quién no ha usado el coqueteo para conseguir algo? Totalmente inofensivo.”, pensé.

Pero la recepcionista entendió todo lo contrario, y durante toda la noche me ignoró por completo para zorrearle vilmente a Alberto.

  • ¿Algo más para el caballero? Le puedo ofrecer un rico postre de la casa, dicen que es afrodisiaco. – le decía la mujerzuela mientras me daba la espalda.
  • No señorita, gracias. Amor, ¿quieres algo más?
  • No mi cielo. Gracias señorita, se puede retirar. – respondí con ganas de meterle el pie a la tan amable recepcionista.

Mi cena de ensueño no había sido totalmente romántica, pero todavía tenía esperanza de terminar la noche como yo quería con el par de tragos en la terraza del Downtown, llena de luces tenues y con una vista espectacular al famoso Casino Español.

Al subir, nos encontramos a Adrián, uno de mis mejores amigos y quien siempre es garantía de diversión.

  • Voy al baño mi vida. ¡Adrián, te lo encargo! Checa que se porte bien. – dije aplicando el refrán de “Entre broma y broma, la verdad se asoma”
  • Amor, ¡yo siempre me porto bien! Ve con calma.

Camino hacia el baño, como radar de Terminator, identifique a todas las posibles amenazas de la noche. Mujer con falda corta en la mesa 5. Grupito de amigas solas en la mesa 2: ¡PELIGRO!

“Tranquila, no va a pasar nada. Estas aquí, no harán nada malo. Y aunque no estuvieras, tienes que confiar en él”, me decía a mí misma mientras me retocaba el maquillaje.

Pero cuando regrese a la mesa, una de las niñas del grupito reía con Alberto, mientras su mano acariciaba el brazo de MI GÜEY.

Una vez más, el fantasma de mi papá apareció para susurrarme al oído una de sus tantas frases: “Nunca te consigas un novio muy guapo; las mujeres lo estarán siguiendo, y si es coqueto, entonces ya estuvo…”

Y entonces, como si mi padre me hubiera dado un pequeño empujonsito para convertirme en la novia loca de la noche, me acerqué a marcar mi territorio:

  • ¡Ya regresé mi amor! – le dije a Alberto seguido de un beso bien plantado.
  • Hola amor. Mira te presento a Ale, es una…
  • Hola Ale. Mucho gusto, soy Emma, la novia de Alberto.
  • Hola Emma. ¡Por fin te conozco! Beto me ha hablado mucho de ti.
  • ¿Neta? ¡Super bien amor! Así evitas que las chavas anden de cuscas contigo ¿no? – le dije con mirada matadora y con las garras a punto de salir.

Pero la había regado a lo GRANDE. Ale era la prima de Alberto, y yo había sacado conclusiones rápidamente:

  • ¿Qué querías que pensara? ¡Estaba aplicando todas las mañas que las mujeres hacemos para coquetear!
  • Emma, ¿qué te pasa? ¡Estás perdiendo el control! ¡ES MI PRIMA!
  • ¿Pues yo que iba a saber? Con lo coqueta que estaba la del restaurante, y tu siguiéndole el jueguito.
  • Amor, no había mesa, lo sabes.
  • ¿Pero para que seguir así toda la noche? Te sabes guapo, y te encanta que te alimenten el ego.
  • Neta Emma, te veo muy dudosa de esta relación. ¿Segura que quieres seguir?

Y entonces me cayó el 20 y de repente empecé a recordar todo. Hace cinco años no había estado con Alberto porque tenía fama de infiel, y se la había ganado a pecho.

Teóricamente, todo era perfecto, pero lo peor que puedes hacer en una relación es esconder debajo de la alfombra todo lo que te molesta y te afecta.

Alberto tenía razón. No estaba segura. Tenía miedo, como siempre. Todos mis traumas anteriores regresaron a mí; el tipo de Tinder que le coqueteó a mi amiga, mi “peor es nada” con el que había tenido sexo por caridad, Rafa mandándome al friendzone.

Sinceramente, a pesar de que en primera instancia todas esas situaciones estaban destinadas al fracaso, siempre mantuve una esperanza con ellos; una velita prendida que me hacía preguntar: ¿pero y si funciona?

No quería lastimarme. Ya no. Y al parecer, lo que más me gustaba de Alberto, era lo que más, irónicamente, me hacía sentir insegura. Entonces, de mi boca salió la peor frase que le puedes decir a tu pareja:

  • Alberto, tenemos que hablar.

Y peor que eso:

  • Si Emma. Creo que sí.

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

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