El fantasma de la ex

Cuando estoy al inicio de una nueva relación, todos los traumas de mis noviazgos pasados emergen. ¿Me será infiel? ¿Será honesto conmigo?  ¿Querrá lo mismo que yo?

Estas preguntas normalmente se van respondiendo solas conforme pasa el tiempo. (Bueno, acepto que alguna vez he cometido el terrible error de preguntar directamente: ¿me quieres?, pero esa es otra historia).

Afortunadamente, con Alberto estas dudas ni siquiera tenían raíz de donde crecer. Día a día me demostraba su amor, y en ese sentido yo no tenía ninguna inseguridad.

Pero cuando conocí por primera vez a su familia, vi el que sería el talón de Aquiles de nuestra relación: el fantasma de su ex.

Se llamaba Diana y había durado cuatro años con Alberto. Para la familia de mi novio, ella había sido “la mujer y novia perfecta”.

¿La razón del truene? Infidelidad de ella.

Para mi mala suerte, la caballerosidad de Alberto lo había obligado a no decirles nada a sus papás, por lo que Diana se había inmortalizado como la pareja ideal. Les mentí y les dije que simplemente ya no congeniábamos”, me comentó.

Trataba de convencerme de que Alberto había superado a su ex. Pero al parecer su mamá no, y me di cuenta la primera vez que la conocí durante una comida en su casa:

  • Y cuéntanos Emma, ¿qué estudiaste? – me preguntó la Sra. De Ramírez mientras  servían la horrible lasaña que habían.
  • Comunicación señora.
  • Ah, ¿y has salido en TV Azteca? – me dijo con un tono poco burlón.
  • No señora. He sido reportera en todo caso, pero de revistas. – respondí con sonrisa hipócrita para no develar mi molestia ante la pregunta.
  • Ya veo. Creo que eres la primera novia de Alberto que no es ingeniera como él, son muy diferentes por lo que veo. Diana si había estudiado lo mismo que tú, ¿no mi vida? – preguntó mientras le acariciaba el hombro a su hijo.
  • Si mamá, pero está padre ser opuestos; nos complementamos mucho.

Cualquier persona diría que con esa respuesta, Alberto había dicho entre líneas: mamá ya no molestes. Por mi parte, siempre me he considerado buena con los papás de mis novios, me amaban y les parecía espléndida,  pero en esta ocasión, el infierno apenas estaba empezando:

  • Oye hijo, ¿y si te vas a ir a Brasil de viaje por el trabajo?
  • No sé ma. Quiero que también vaya Emma conmigo, estamos planeado a ver qué onda.
  • ¿Sabes portugués Emma?
  • No señora, sé francés e inglés. Pero justamente me gustaría meterme a clases de portugués.
  • ¿Portugués? Casi nadie habla ese idioma, ¿Por qué mejor no hablas alemán?

Y entonces en ese momento me acordé cuando Alberto me contaba que una de las “maravillas” de Diana era su excelente dominio del alemán, del cual, sus suegros estaban fascinados. 

De repente, empecé a sentir que debía mostrar todos mis talentos, mis gustos y justificarme por ellos.

  • No me gusta mucha señora. Soy más de lenguas romances, un poco cursi a lo mejor, en mi opinión, suenan más bonito. – respondí.
  • Ay amor, supongo que eso lo que necesitas, una mujer cursi.

¡EL COLMO! ¿Mujer cursi era igual a mujer débil? Alberto la volteó a ver con esa cara de: ¡mamá, cállate!  Yo, respiraba; uno, dos, tres, exhala, uno, dos, tres, inhala.

“Esto es la guerra”, me dije a mi misma. “No voy a dejar que esta señora me trate mal”.

  • Bueno, si puedo ser cursi, pero por eso nos equilibramos tanto su hijo y yo.
  • Supongo, pero no siempre…
  • Mamá, ¿sabes que Emma canta y toca? – interrumpió Alberto al oler el comentario que se venía.
  • ¿En serio? ¡Qué bonito Emma! ¿Qué tocas?
  • La guitarra, desde chiquita aprendí, y ahora lo que más toco es algo así como pop country.
  • ¿Pop? Deberías estudiar algo de música clásica, no sé, el cello o algo por el estilo. ¿Te acuerdas Alberto cuando Diana nos dio un concierto privado? Tocaba Bach de una manera maravillosa.
  • Seguramente sí, pero la música clásica no siempre devela éxito. Yo estoy justo por grabar mi primer disco. – dije con la cara un poco alzada.
  • ¿En serio? ¡Muchas felicidades hija! Seguro así podrás ir a la Voz México o la Academia y terminar como Yuridia.

Sabía que lo había dicho con ganas de fregarme. De repente, me sentí como Jennifer López en Si te casas…te mato, y me imaginé agarrando la cara de la mamá de Alberto, golpeándola contra la mesa, dándole cachetadas y gritándole: ¡no soy Diana! ¡Hablo francés y su lasaña está horrible!

Pero debía volver a la realidad donde tenía que poner mi cara de niña buena, sonreír, y regresar con cachetada de guante blanco los comentarios agresivos de la Sra. De Ramírez.

  • No señora, no sería como Yuridia, y el que haya salido de un programa no quiere decir que no tenga talento.  Pero ya hablamos mucho de mí, ¿usted qué estudió?
  • Ingeniería Química.
  • ¿Ahora es ama de casa no? ¿Es feliz?
  • ¡Claro!
  • Entonces me imagino que ser cursi tampoco tendrá anda de malo si es amor puro y prefiero dedicarme a mi familia. – empecé a decirle a mi suegra con mirada retadora.
  • Bueno si pero…
  • Emma, ¿puedo hablar contigo? – me preguntó Alberto con cara de enojo.

Al salir al jardín:

  • ¿Qué haces?
  • ¡Me estoy defendiendo!
  • Amor, tranquila. No tienes nada que demostrar.
  • ¿Ya viste como está tu mamá?
  • Si, y hablaré con ella. Dale tiempo, Diana y ella se quieren mucho, y hablan bastante.
  • ¿HABLAN? Es decir, ¿todavía tiene contacto con ella?
  • Si, de repente se ven.
  • No manches Alberto, ¿y yo dónde quedo? Yo tengo mi lugar.
  • Poco a poco amor. Y quien te debe importar soy yo, y yo, a quien amo, es a ti, ¿ok?

Sabía que Alberto quería a mí… ¿o… no? La Rubio tenía razón cuando le cantaba a La Guzmán, ya que para una mujer, lo peor es competir con otra por el “amor de tu hombre”.

Pero lo más terrible de esta situación es que competía con un fantasma, con un ente que estaba volando, esta “perfección” idealizada, y con la que yo tenía que luchar.

Ya había pasado una vez por ello, y no pensaba volverlo a hacer. No hay peor cosa que tener al recuerdo de la ex novia pisándote los talones, susurrándote al oído: “me quiere  a mí”, y entonces me pregunté: ¿realmente me siento segura en esta relación?

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

Leave a reply:

Your email address will not be published.

Site Footer

%d bloggers like this: