Amigovios exclusivos

Cuando estamos saliendo con alguien, uno de los primeros pasos esenciales en el camino hacia el noviazgo es la exclusividad.

En las contadas veces que he tenido un date serio, este “acuerdo común” es implícito y tácito, ya que el hacer la famosa pregunta  de “¿somos exclusivos?” me imagino a mi galán en turno tratando de esconder su cara de espanto, mientras en su mente piensa lo intensa que soy y maquila como salir corriendo por la puerta de atrás.

Con Alberto, no fue la excepción. Llevábamos tres meses saliendo y todo era un sueño. Cuidaba cada paso que daba con tal de no arruinar lo que estábamos viviendo, y sinceramente, tampoco teníamos alguna razón para discutir.

O al menos eso pensaba, hasta que un día, mientras estábamos la sala del cine esperando a que empezara la película, lo escuché carcajearse:

  • ¿Qué onda? ¿Quién es? – le dije con una sonrisa mientras me asomaba sutilmente a la pantalla de su celular.
  • Jaja, nadie, solo una amiga en el Whatsapp.

Entonces, mi Celostina interior despertó. En un segundo, mi cara se puso seria, mis ojos saltaron, y mi ceja derecha se levantó.

Y es que pienso que para cualquier mujer la frase de “solo una amiga” significa todo lo contrario. Vinieron a mi mente las imágenes de esta “amiga” abrazándolo, riéndose con él, tomándose un par de tragos en el antro, bailando bastante pegaditos, besándose, ¡total debraye mental!

Aunque mi neurosis no duró más de un minuto, la expresividad en mi cara fue suficiente para que Alberto se diera cuenta:

  • ¿Te enojaste? – me preguntó confundido.
  • No, para nada – contesté con ese tono agudo que
  • Mmm, bueno.

El resto de la noche fue una pesadilla. Alberto verdaderamente creía que todo estaba bien, y entonces me daba besos, abrazos, caricias como siempre, y yo, con tal de no aceptar mi enfurecimiento, se los respondía pero con esa dosis de frialdad típica de una mujer sentida.

Al llegar a casa, como de costumbre, le conté a Fernanda la situación:

  • Güey, ¡¿cómo que una amiga?! Seguro es un maldito, igual que todos. Le voy a preguntar qué onda.
  • ¿Estás loca? No son nada oficial.
  • ¿Cómo de qué no? ¡Vino a buscarme después de cinco años!
  • Pero están saliendo, aún no han establecido las reglas de la relación. ¿Por qué no le preguntas directamente? No seas cobarde.

Fer me dejó callada. Estaba totalmente en lo cierto. Siempre trato de evitar situaciones que provoquen alguna discusión, y en parte, por eso nunca había tocado el tema de la exclusividad con Alberto.

Pero me conocía, y sabía que esa “amiga” no se iba a escapar de mi cabeza. ¿Qué tal que estaba saliendo con ella? ¿Y si estaba dobleteando? ¿Qué tanto derecho tenía de reclamarle?

No pensaba seguir atormentándome, y entonces, en una de las tantas cenas con pizza y chelas en el depa de Alberto:

  • Guapo, quisiera hacerte una pregunta. Por favor, no sientas que soy una intensa, pero la verdad quiero sentirme segura y saber que suelo estoy pisando.
  • ¿Emma, estás bien?
  • Sí, sí. Solo creo que necesito saber hacia dónde va esto. – le respondí mientras bajaba mi mirada y le agarra la mano.
  • Ok. Dime, ¿qué pasó?

Tardé como cinco minutos en hacer la terrible pregunta.  Titubeaba, me ponía el pelo detrás de la oreja, volteaba a la pared: “Bueno, es que, a lo que voy”, “A lo mejor estoy loca por preguntarte pero…”.

Pero harto de mi indecisión, Alberto intervino:

  • Emma, neta, ¡¿qué sucede?!
  • Ok. Perdón. Quisiera saber… ¿somos exclusivos?

¡Bomba atómica lanzada! Solo me faltó hacer aquella cara que uno tiene cuando está a punto de recibir un golpe, con los ojos medios cerrados y el ceño fruncido.

  • Que te quede claro algo: si estoy aquí, ahorita, a tu lado, es porque solo quiero estar contigo.
  • ¿Pero y la chava  Whatsapp?
  • ¿Ella qué? Te dije que era una amiga. Se llama Andrea, y cuando quieras te la presento. No quiero que tengas dudas de nada.
  • No es que tenga dudas, pero es que…
  • Emma, ¡confías en mi?
  • Si.
  • Entonces, sigamos así como estamos. Te quiero.

Sinceramente, me sentí más tranquila, pero extrañamente todavía me quedó una sensación de inseguridad, y culpa.

Para mí, la libertad en general, pero sobre todo en una relación es lo más importante. Y aunque para muchas mujeres la exclusividad es un must, también puede tener este sentido de pertenencia  y dominio del otro, convirtiéndose un poco en posesión. Y yo no quería que Alberto sintiera eso mi parte.

Y hay que dejar en claro, que aunque parezca irónico, la exclusividad no siempre es prueba de que la otra persona te será fiel. Nada está garantizado en la vida, y mucho menos en el amor.

Soy una chica de veintitantos que ha vivido más de 5 años en esta caótica ciudad. 

Me acabo de mudar sola, y si algo he aprendido durante este tiempo es que, aunque disfrutar la soltería en el D.F. es lo mejor que nos puede pasar a muchos, esto se vuelve contraproducente cuando quieres encontrar una pareja estable, genuina, fiel y sobre todo… que viva cerca de ti.

Éstas son las historias que he ido recopilando. Son 100 por ciento verdad. No tienes que leerlas en orden.

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